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Daniel Viglietti fue un cantante y guitarrista uruguayo, considerado uno de los más grandes exponentes del canto popular de su país. Benedetti no necesita presentación. «A dos voces» es un libro de poemas musicalizados o un disco musical en el que cantan poemas.

 

Todos los textos de Viglietti son canciones. Los de Benedetti, leídos con música que le acompaña.

 

Leí este libro sin antes escuchar el recital, y ciertamente Daniel es un poeta que no puede escribir sin cantar. La musicalización de sus textos es fácil de imaginar y sus letras son un grito popular.

 

Los poemas de Mario son sublimes y necesarios, son esa invitación a mirarnos hacia adentro, para encontrarnos con el recuerdo de nuestras más grandes añoranzas y rozar los más íntimos sentimientos que guardamos por otros o por nosotros mismos —como todo lo que escribió.

 

«Soy mi huésped

a qué negarlo

pero

a veces también soy

un extraño de mí

 

cuando mi rústico anfitrión

me mira

siento que estoy

de más

y me escabullo»

[Soy mi huésped] Benedetti.

 

Desde 1985, por dos décadas, Benedetti y Viglietti viajaron por todo el mundo, recitando su concierto de poemas. Y afortunadamente el recital está disponible en Youtube. Les comparto este, del 2002...




Terminado de leer el 12/01/2021

Luciérnagas (2020) es el primer poemario de la escritora venezolana Andrea López. El libro está dividido en tres etapas: Euforia — Olvido — Maldición.


En todas sus partes la pluma de López nos lleva a lugares llenos de magia y misterio, pero también de un profundo desasosiego. Un sentimiento de angustia va creciendo conforme se avanza en la lectura.


Entre poema y poema las ensoñaciones y los recuerdos se asoman como faros en un mar amplísimo y presenciamos un amor lleno de pasiones temerosas con una dependencia que buscar terminarse.


El amor que describe Andrea López en su poemario es difícil de explicar, pero un texto de Euforia nos da una idea bastante clara de su pensamiento:


Amar es la fricción

entre el alma

 

y la violencia.

[Epitafio]


Ya en su última parte, Luciérnagas se adentra en su protagonista, en sus emociones y deseos, en sus miedos y alucinaciones. Hay pasajes sobre objetos olvidados que a muchos nos recordarán momentos de la infancia, algunos felices, otros quizá no tanto. Y los sonidos de campanas, el viento y uno que otro grito suelto llevan al lector a lugares muy dentro de sí.


Ni el abismo más profundo

podría
ocultar

la criatura
que me persigue

[Ataque de pánico]


Como bien dice la descripción de su obra, «Luciérnagas es la manifestación de la sombra, la ausencia, la nostalgia que te abraza y se aferra». Y agregaría que te induce a un viaje interno que no olvidarás fácilmente.  


Terminado de leer el 06/01/2020


Oliverio Girondo fue un poeta argentino. Su producción literaria ha sido dividida en tres períodos. Y los dos libros que he leído pertenecen a su tercera y última etapa, correspondiente a su madurez, donde el autor deja ver su faceta más vanguardista y rupturista.

 

Persuasión de los días

En este libro hay una fatalidad muy explícita, un sentimiento de vacío, de fetidez, de angustia. Un esfuerzo por naturalizar la propia muerte, el sufrimiento intrínseco en existir. 


El primer poema de este libro, «Vuelo sin orillas» me recordó al peruano César Vallejo. Y encontré en todos los demás poemas el mismo aire, solo que un poco más cargado de fatalidad, recurso en el que, personalmente, considero que el autor se explaya más de lo necesario, encontrando algunos textos que rozan lo grotesco e incómodo, pero por la invitación a mirarse uno mismo, no por otra cosa.

 

«(…)

Cansado,

sobre todo,

de estar siempre conmigo,

de hallarme cada día,

cuando termina el sueño,

allí, donde me encuentre,

con las mismas narices

y con las mismas piernas;

como si no deseara

esperar la rompiente con un cutis de playa,

ofrecer, al rocío, dos senos de magnolia,

acariciar la tierra con un vientre de oruga,

y vivir, unos meses, adentro de una piedra».

[Cansancio]

 

Hay algunas imágenes que me resultaron demasiado construidas, pero otras muy humanas y tiernas, como aquellas que se acercan a la naturaleza y otros tantos que pretenden elevarnos a la felicidad, o al menos al deseo de.

 

«(…)

Lloremos. ¡Ah! Lloremos

purificantes lágrimas,

hasta ver disolverse

el odio, la mentira,

y lograr algún día

—sin los ojos lluviosos—

volver a sonreírle

a la vida que pasa».

[A pleno llanto]

 

En la masmédula

Poemas inexplicables e intraducibles, para leer a solas, a oscuras, en silencio, con los ojos y el cuerpo entero. Mucho surrealismo y una desesperación que aflora «sin estar ya conmigo ni ser otro otro». Hay un erotismo entre líneas que avivan la luz de la esperanza apagada.

 

Girondo completa su intensión y nos regala poemas completamente adelantados a su época. Y por más inexplicables que resulten, cada palabra encuentra su lugar dentro nuestro y nos deja la saciedad de conocer lo desconocido.

 

«(…)

y de los intimísimos remimos y recaricias de la lengua

y de sus regastados páramos vocablos y reconjugaciones y recópulas

y sus remuertas reglas y necrópolis de reputrefactas palabras

simplemente cansado del cansancio

del harto tenso extenso entrenamiento al engusanamiento

y al silencio».

[Cansancio]

 

Oliverio explica el ciclo de la existencia, con el agotamiento, el dolor y la muerte.

«(…)

y restos casi muertos de algún yo otro propio que todavía ulula

porque me cree su perro».

[Porque me cree su perro]

 

Con estos dos libros conocí a este poeta. Y temería un poco leer lo anterior, por miedo a encontrarme con algo que no esté a la misma altura. Su etapa madura me ha dejado cautivada y fanática.  


Terminado de leer el 23/11/2020

36 estaciones que has recorrido
desde que saliste del vientre de tu madre,
más maravillosa desde ti.
Suma 36 años la Tierra,
sosteniendo tu andar
y abriendo caminos seguros para ti.
Son más de 36 tus buenos actos para con los otros,
tu bondad y disposición incondicional.

A Dios gracias por ti, porque respiras, cantas y vives.
                               Porque te vivo.

Tienes ojos que saltan, tanto como tu espíritu ante la necesidad del prójimo;
una sonrisa que complace, comparte y que se alimenta de más alegría;
unas manos que trabajan, tocan e invitan al aguante;
una espalda valiente, que se mide contra el mundo, y no tambalea;
un corazón firme y decidido, dado a la humildad de lo claroscuro.

Has visto cómo otras cosas nacen de ti,
                               y son buenas, similares.
Han pasado muchas cosas ante tus ojos,
las has sabido mirar, entrándote en lo que regocija.

36 años han bastado para muchos amores,
para intentarlo varias veces,
para fallar...
                               llegar a lo esperado.

Los frutos de la vid han brotado sobre tus hombros,
la dulzura del placer está fijada en tu semblante,
los matices se adecuan al ánimo de tu andar.

Sumas hoy 36

by on 5.9.14
36 estaciones que has recorrido desde que saliste del vientre de tu madre, más maravillosa desde ti. Suma 36 años la Tierra, sosten...

La codicia enceguece al corazón, aún el más sutil. Remonta la nobleza encantadora; la herencia de lo humano se pierde ante la aberración del espíritu codicioso. De amistades no entiende y en confianza y honestidad no posa su estima. 

La seducción por lo material, por aquello que no sabe de estímulos, es superior a la inanición de humanidad, que el cuerpo no siente, pero el resto nota. 

El deseo de hacer el mal, por conseguir abundancia, llena la cabeza de aquellos cuyos esfuerzos yacen en incrementar lo que los mantiene esclavos. Las mentes son corrompidas por el deseo codicioso, se ausenta la visión de sentimientos cruciales, hasta que olvidan el aroma de la libertad, hasta que el fin los toma sorprendidos, con la fortuna encarnada que ni en soledad pudiesen disfrutar. 

Recorrido el camino que me confronta en cada despertar del sol, encuéntrome con la historia que, arrebatada, me afirma la desdicha de los que andan sin rumbo, de los que no encuentran sus sombras ni han vuelto a batallar con la aurora. 

Para estos, andar no corresponde y ser feliz no es más un problema. El dolor les es causa primera, mientras comparan sus faltas en aquello que hicieron. La mezcolanza de alaridos, la desesperación agotada, sin compañía, nada distinto de lo que ya conocen, sin suelo ni cielo. 

Habiéndome sumado al relato de la desgracia, he vístome en la vergüenza feliz de encontrarme aún de pie; me he adentrado a la batalla, procurando lograr ver que todos se ocultan, cansados, pero aún con sombra y aliento.
Las paredes siempre blancas, no totalmente pulcras, manchadas por las espaldas que se han arrecostado y los zapatos que se han procurado descanso. Las manchas que esconden el miedo, la desesperanza.

Los pasillos largos, con caminos dispersos que llevan a otros pasillos aún más largos, y mientras se camina, el frío se apodera de la tranquilidad. Las luces cegadoras inquietan, desesperan.

Infantes que lloran sin consuelo y una mano que no los conforta. Adultos que no pueden contener las lágrimas y van arrastrando el peso de años de vicios -a veces años de descuido-. Los ancianos que vienen a escuchar lo de siempre, otro caso sin remedio, más gastos irremediables.

La señora que le busca conversación a su par, pero aquel que no tiene ganas de hablar a causa del pesar pasa por grosero, mal educado, incluso hasta inhumano. Y es que en el dolor todo nos parece inhumano y el temor nos hace todo increíble.

Las Virgilios de varios Dantes, intransigentes, mayormente cuarentonas malhumoradas que poco han sabido sonreír, que arrastran sus propias penas pero que hacen mayor el pesar porque nunca les ha pasado. Encontrar una amable es hallar el perla negra estacionado.

Los teléfonos nunca paran de aturdir, los alaridos son comunes y este viene siendo el único lugar en el que, por miedo a la muerte, la gente pretende ser humana, como si eso pudiese librarlos de un mal diagnóstico.

Algunos salen bien librados de estas visitas, pero otros tantos salen a casi morir... hay quienes no salen. Lo cierto es que entrar siempre es amargo, sea por uno o por terceros,  pero lo natural es no querer pisar este mármol, siempre tan reluciente... tanto que nos refleja nuestra pena y nos muestra la de los otros, aunque poco nos importe la angustia de otros.

Por orden de llegada, porque a pesar de todo, cada cual quiere ser primero.

Aquí no existe pudor y la amabilidad siempre es fingida.
Cicatrices, por Marcus Vinícius, 2010














Todo nace de una cicatriz

Son ciertos días en los que pregunto dónde descansa el colibrí, hasta dónde llegan las manadas sin perderse, por qué se mezclan la salvia y el tomillo, cuánto dolor soporta un cuerpo sin heridas. 

Pronto supe que el colibrí que se detiene muere, que el extraviado es revolucionario, que Cortázar no era buen cocinero y que todo cuerpo nace de una cicatriz.

De ahora en más

 La distancia como actitud que persiste al tener, acostumbrarse y luego, en contra del sentido natural, regresar. La presencia se hace distante, como si nos desconociéramos de siempre. La confianza ya sembrada, lista al brote, no aflora, se tensa para no adherirse. Alguien que está toma distancia y yo, no siendo buena para extrañar mientras, me aparto a bocanadas. Me obligo a entender que es lo correcto, que persistir en lo equívoco y dañino, aunque deleitable, me hará perder. Aunque prefiriera perderlo todo por no revocarme a la ausencia cercana, la conciencia se arrastra con su incesante arar, que vengativa quiebra los cimientos de un orden establecido, para volverlos polvo fértil. Somos polvo.


Tributo
 Escuchas la luz porque golpea el silencio irreversible del canto diferido en... Notas la lluvia cuando interrumpe el latido de las mariposas que mueren y... Sientes las olas cuando revientan el infranqueable tormento de noches que... Hurgas latitudes adversas de los que sienten el sollozo de tus adioses sin... Piensas que todo vuelve aunque la experiencia te dicta que nada... Vives del polvo de amaneceres rotos por el atisbo del... Recuerdas la exhalación centrífuga de la muerte asida a... y aún llueve.

***
El verde no pinta árboles muertos. Me vuelvo a la falsa sonrisa que estremece el sopor, la huida mirada que evoca el pesar de lo que no te di. La culpa, como la mancha en el cuadro sobrante de aquella vieja camisa que olvidamos. Sólo pediste mis mañanas, el primer aliento, el olor del café, sin el humor de las despedidas ni los sueños atracados de madrugada. Sólo quisiste las risas fingidas, los llantos de supuestos orgullos. No pudiste con los domingos, no te atreviste al vacío con alas de hierro. Pedí cuanto podías e incluso eso mediste… ¡Hasta que sin ti! Pinté otro borde de labios en un café que consume lo indecible.



Del poemario Todo nace de una cicatriz, de Alexandra Perdomo (inédito).

Desperté, para saberte del viento,
           siempre

El mismo céfiro que me atiborra junto al alba,
con cuyos sonetos renazco ante el crepúsculo
y entre hendijas me desvela de los sueños

Así eres,
          tan mío como el aura. 

Alexandra Perdomo
Mayo, 2011

Tan cerca

by on 15.5.11
Desperté, para saberte del viento,            siempre El mismo céfiro que me atiborra junto al alba, con cuyos sonetos renazco ante el crep...
Y ahora sufres…
Agudizando la esencia de tus ojos
Revuelves el mar de los míos.
by on 19.12.10
Y ahora sufres… Agudizando la esencia de tus ojos Revuelves el mar de los míos.
La mañana desvanece
Los grises profundizan el sufrir
Sueños de desasosiego
Huyes

La inmensidad de las sábanas molesta
Espesa capa de cenizas
El silencio ensordece
Sabor a besos añejos

Trapos agrestes  dejados
La foto en la cómoda
Lágrimas invisibles
Lo que resta

Abismos recurrentes
Olvidar tu mar azul
Bajo la piel

Alexandra Perdomo
Maracaibo, noviembre 2010

II

by on 13.12.10
La mañana desvanece Los grises profundizan el sufrir Sueños de desasosiego Huyes La inmensidad de las sábanas molesta Espesa capa de ceniza...
El ocaso incesante estalló
El júbilo huyo de casa
Tus manos no decían más

El disentimiento
Las aves enmudecidas
Proclamo, era un  no más…

Regurgité el recuerdo
Extrañé y odié
El silencio en la alcoba
Ofuscación de un querer
                         Fallo

Valija que pesa
No te llevo jamás

Raíces
Adheridas al umbral podridas

Ardo
El vacío  ya no  libertad
Jamás volví
No fuimos nunca.
Alexandra Perdomo
Maracaibo, octubre 2010

Algo fuimos

by on 31.10.10
El ocaso incesante estalló El júbilo huyo de casa Tus manos no decían más El disentimiento Las aves enmudecidas Proclamo, era un  no más… ...