30 jul. 2012

Todo nace de una cicatriz

Cicatrices, por Marcus Vinícius, 2010














Todo nace de una cicatriz

Son ciertos días en los que pregunto dónde descansa el colibrí, hasta dónde llegan las manadas sin perderse, por qué se mezclan la salvia y el tomillo, cuánto dolor soporta un cuerpo sin heridas. 

Pronto supe que el colibrí que se detiene muere, que el extraviado es revolucionario, que Cortázar no era buen cocinero y que todo cuerpo nace de una cicatriz.

De ahora en más

 La distancia como actitud que persiste al tener, acostumbrarse y luego, en contra del sentido natural, regresar. La presencia se hace distante, como si nos desconociéramos de siempre. La confianza ya sembrada, lista al brote, no aflora, se tensa para no adherirse. Alguien que está toma distancia y yo, no siendo buena para extrañar mientras, me aparto a bocanadas. Me obligo a entender que es lo correcto, que persistir en lo equívoco y dañino, aunque deleitable, me hará perder. Aunque prefiriera perderlo todo por no revocarme a la ausencia cercana, la conciencia se arrastra con su incesante arar, que vengativa quiebra los cimientos de un orden establecido, para volverlos polvo fértil. Somos polvo.


Tributo
 Escuchas la luz porque golpea el silencio irreversible del canto diferido en... Notas la lluvia cuando interrumpe el latido de las mariposas que mueren y... Sientes las olas cuando revientan el infranqueable tormento de noches que... Hurgas latitudes adversas de los que sienten el sollozo de tus adioses sin... Piensas que todo vuelve aunque la experiencia te dicta que nada... Vives del polvo de amaneceres rotos por el atisbo del... Recuerdas la exhalación centrífuga de la muerte asida a... y aún llueve.

***
El verde no pinta árboles muertos. Me vuelvo a la falsa sonrisa que estremece el sopor, la huida mirada que evoca el pesar de lo que no te di. La culpa, como la mancha en el cuadro sobrante de aquella vieja camisa que olvidamos. Sólo pediste mis mañanas, el primer aliento, el olor del café, sin el humor de las despedidas ni los sueños atracados de madrugada. Sólo quisiste las risas fingidas, los llantos de supuestos orgullos. No pudiste con los domingos, no te atreviste al vacío con alas de hierro. Pedí cuanto podías e incluso eso mediste… ¡Hasta que sin ti! Pinté otro borde de labios en un café que consume lo indecible.



Del poemario Todo nace de una cicatriz, de Alexandra Perdomo (inédito).

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