8 may. 2015

Tantos pies que andan

En la mitad de la plaza una niña deja caer un celular de juguete. Se inclina para recogerlo mientras su madre le sostiene por el brazo.

Los caminantes que les seguían apresuran el paso y las dejan a un lado. La niña toma su juguete, le sonríe al objeto sobreviviente, sonríe a su mamá con ingenua dulzura, y siguen el camino, tomadas de las manos, con sus mejores sonrisas, las más felices.


En el mismo lugar, días después, a un hombre apresurado se le caen unos papeles, de esos cuya importancia solo él conoce. La brisa más ligera logra que los documentos se distancien unos de otros.

Las personas detrás de él no se detienen ni calman su ritmo. Empiezan a dejarlo a un lado y siguen caminando, con sus maletines, sus teléfonos, despegados del entorno con sus audífonos. Siguen sin darse cuenta de los papeles que están pisando, los papeles importantes de un hombre.

Una señora detenía el paso para ayudarle a recolectar los papeles ya pisados, regados por la plaza, aquella con su hija, a quienes él había mirado con desprecio y le había adelantado por un lado -porque iba apurado por nada- días atrás.

Suman 6 los pies que hoy no andan tan rápido. Quizá sus ojos aprendan pronto a mirar. 

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